En Argentina hay pingüinos en tres lugares muy distintos, y no son el mismo viaje. Lo que solo tiene en Ushuaia son unos cien pingüinos papúa — la única colonia reproductiva de la especie en toda Sudamérica continental — mezclados entre diez mil magallánicos, en una isla de grava en el Canal Beagle. Se ven desde el barco: aquí no se desembarca, y esta página le explica exactamente por qué.



Del muelle en el centro de Ushuaia a una isla de grava con diez mil pingüinos encima.
Embarca en el muelle turístico, en pleno centro de Ushuaia, y el catamarán sale cruzando la bahía. Las primeras paradas son las que hace cualquier navegación del Beagle, y valen el viaje por sí solas: una colonia de lobos marinos de un pelo tirados sobre la roca pelada, y colonias de cormoranes imperiales y roqueros apretados en las cornisas de arriba.
Después el Faro Les Éclaireurs, la torre roja y blanca sobre su islote que aparece en todas las postales de Ushuaia. Aquí va un detalle que casi ninguna página aclara: no es el «Faro del Fin del Mundo» de la novela de Julio Verne. Ese es el de San Juan de Salvamento, en la Isla de los Estados, mucho más lejos. Les Éclaireurs se inauguró en 1920 y sigue funcionando.
Si reservó una de las navegaciones cortas de tres horas, aquí es donde el barco da la vuelta y vuelve al puerto. La de seis horas sigue hacia el este.
Isla Martillo es una lengua baja de grava y conchilla a unos 59 kilómetros al este de Ushuaia. Vale aclararlo porque muchas páginas dicen quince, que es la distancia desde la Estancia Harberton, no desde la ciudad. Son treinta y dos hectáreas, y los yámanes la llamaban Yecapasela.
La colonia grande es de pingüinos magallánicos: la Estancia Harberton, que es dueña de la isla, habla de más de diez mil ejemplares. Anidan en cuevas cavadas en la turba, algunas de más de un metro, y una parte de la colonia anida dentro del bosque costero, algo raro para la especie.
Lo excepcional es lo otro. Ahí crían también unos cien pingüinos papúa, y esta es la única colonia reproductiva de papúa en Sudamérica continental. Llegaron a mediados de los ochenta y se quedaron. De vez en cuando aparecen pingüinos rey en grupos pequeños, pero no anidan aquí: si ve uno es suerte, y no se lo vamos a prometer.
Esta es la pregunta que la gente escribe en Google, y la respuesta que circula está mal. No es una prohibición del gobierno. Isla Martillo es propiedad privada: pertenece a la Estancia Harberton, fundada en 1886 y Monumento Histórico Nacional, y la estancia le concesionó el desembarco a una sola empresa. Lo dice la propia Harberton en su sitio, y aclara que no maneja ni los precios ni la disponibilidad de esa empresa.
El sector habilitado para caminar son unos 800 metros cuadrados, delimitados con estacas adentro de una colonia reproductiva activa que investigadores del CADIC-CONICET monitorean hace más de veinte años, con recomendaciones publicadas para reducir el disturbio humano. Que pise poca gente esa grava es exactamente el objetivo.
La consecuencia práctica: el cupo del desembarco se agota con semanas o meses de anticipación en temporada alta, y sale desde Harberton, a noventa kilómetros de Ushuaia por camino de ripio, no desde el puerto. Esta navegación es la que la mayoría de los viajeros efectivamente consigue: misma isla, mismas dos especies, desde el agua.
40 minutos antes de zarpar
Se presenta en las boleterías del Puerto de Ushuaia, en pleno centro, cuarenta minutos antes de la salida. El traslado desde el hotel no está incluido: desde casi todo el centro se llega caminando.
Primeros 20 minutos
Se sale pasando el puerto de trabajo y los barcos amarrados, con la ciudad subiendo detrás contra el Monte Olivia y los Cinco Hermanos. Es la mejor vista que hay de Ushuaia.
Colonia de lobos marinos
Una roca cubierta de lobos marinos de un pelo, tan cerca que se los escucha. Los machos son enormes y territoriales y siempre hay alguna pelea en curso.
Cormoranes y aves marinas
Colonias de cormorán imperial y roquero, y además skúas, cauquenes, patos vapor y, con suerte, un albatros de ceja negra siguiendo la estela.
La postal
La torre de 1920 sobre su islote, todavía en servicio. El barco la rodea para que los dos lados de la cubierta saquen la foto.
Alrededor de 1 h 30
El tramo largo. Chile queda a estribor todo el camino y la cordillera no se termina nunca. Salón calefaccionado abajo, cubierta abierta arriba.
La pingüinera
El barco se acerca a la playa y se mantiene ahí para que pueda ver la colonia sin molestarla. Magallánicos, el grupo de papúa, y un ir y venir permanente entre el agua y las cuevas. No se desembarca.
Unas 6 horas después de zarpar
Vuelta al mismo muelle turístico. La salida de las 10:00 lo devuelve a media tarde; la de las 15:00 le regala la luz baja del atardecer en el camino de vuelta.

Les Éclaireurs desde el aire. Los dos barcos de la foto están haciendo la navegación corta de tres horas: los pingüinos quedan cuarenta kilómetros al este de esta roca.
Lea con atención la columna de la derecha. El segundo renglón es el que importa.
Punta Tombo y Península Valdés tienen pingüinos magallánicos, y muchos. Lo que solo hay aquí son los papúa: unos cien, la única colonia reproductiva de la especie en Sudamérica continental. Son los más grandes, de pico naranja y con la mancha blanca sobre el ojo.
La caminata en Isla Martillo tiene un cupo diario pequeño y se agota con semanas o meses de anticipación en temporada alta. Esta navegación sale dos veces por día del muelle del centro. Pierde la caminata, no el avistaje.
El tour que desembarca sale de la Estancia Harberton, a noventa kilómetros al este de Ushuaia. Este sale del centro de la ciudad y lo devuelve al centro de la ciudad.
Salón calefaccionado, cafetería, baños, y no se baja del barco en ningún momento. Sin trasbordo a una lancha, sin caminar sobre terreno irregular. Si viaja con niños, con los abuelos o con alguien a quien las rodillas le opinan, esta es la versión que sirve.
La navegación corta del Beagle da la vuelta en el faro y nunca llega a los pingüinos. Si va por los pingüinos, la de tres horas es justo la que hay que evitar — y es la que muchos reservan por error, porque es la que viene en la mayoría de los paquetes.
Legajo EVT 17869, socios de ASTA 900202085, oficina en Buenos Aires y más de veinte años armando viajes por toda la Argentina. Le responde una persona, de principio a fin.
No. En esta navegación la colonia se ve desde el barco. El catamarán se aproxima a la playa y se mantiene ahí para que las aves sigan con lo suyo — y lo hacen: bajan hasta la orilla a pocos metros del casco.
Preferimos que lo lea aquí y no que lo descubra en el muelle. Si lo que quiere es caminar en la isla, lea la respuesta siguiente.
El motivo no es el que dice casi todo el mundo. No es una prohibición del gobierno. Isla Martillo es privada: es de la Estancia Harberton, que le concesionó el desembarco a una sola empresa. Lo publica la propia Harberton en su sitio, y aclara que no maneja los precios ni la disponibilidad de esa empresa.
El sector habilitado para caminar son unos 800 metros cuadrados delimitados con estacas, adentro de una colonia reproductiva que el CADIC-CONICET estudia hace más de veinte años. Que pise muy poca gente es todo el punto.
Si la caminata es lo que tiene en la cabeza, díganos y le orientamos, aunque no sea nuestra para vender. Preferimos que consiga lo que vino a buscar.
Es la pregunta más útil de toda esta página y casi nadie la contesta bien.
Punta Tombo (Chubut) es la colonia continental más grande de pingüinos magallánicos: cientos de miles, y se recorre caminando por senderos entre los nidos. Si su objetivo es cantidad y caminar entre ellos, es ahí.
Península Valdés es otra cosa: ballena franca austral entre junio y diciembre, elefantes marinos, orcas. Los pingüinos son un complemento, no el plato principal.
Isla Martillo, aquí, es la carta que no tienen los otros dos: el pingüino papúa, que no cría en ningún otro punto de Sudamérica continental. Y es la colonia de magallánicos más austral de la Argentina, con el Canal Beagle y la cordillera de fondo.
Los tres están a miles de kilómetros entre sí y a los tres los cotizamos. Si nos cuenta cuántos días tiene le decimos cuál entra de verdad en su viaje.
No, y conviene saberlo antes de comprar el pasaje. Esta navegación opera del 1 de noviembre al 5 de abril. En julio y agosto los pingüinos magallánicos no están en Isla Martillo: migran al norte, al Atlántico. No es que la excursión no salga, es que no hay pingüinos.
Lo decimos fuerte porque julio y agosto son las vacaciones grandes en México, Colombia, Perú y España, y es el error que más caro sale. Si viaja en el invierno austral, Ushuaia tiene otras cosas muy buenas — nieve, trineo con huskies, el Parque Nacional bajo la nieve y la navegación corta del Beagle, que sí opera todo el año. Pero pingüinos, no.
Es el mejor momento. Los magallánicos llegan en septiembre — primero los machos, a tomar las cuevas —, la fecha media de puesta en Isla Martillo es el 14 de octubre, y los pichones nacen sobre todo en las tres primeras semanas de noviembre. Los alimentan los dos padres durante setenta a cien días.
O sea que de diciembre a febrero la colonia está en su punto más activo y los pichones se ven. Desde fines de febrero empieza la muda y las aves se van yendo.
Lo suficiente para fotografiarlos sin equipo especial. El catamarán se arrima a la playa y se mantiene ahí mientras dura el avistaje.
A propósito no le damos una cantidad de metros ni de minutos: eso depende de la marea, del viento y del día, y no vamos a prometer algo que decide el mar. Lo que sí podemos decirle es que nadie vuelve de esta diciendo que no vio los pingüinos.
No, y es la confusión más común. La corta dura unas tres horas: hace los lobos marinos, los cormoranes y el Faro Les Éclaireurs, y da la vuelta. Nunca llega a Isla Martillo, porque la isla está cuarenta kilómetros más al este.
La corta es un buen paseo y es la que viene incluida en la mayoría de los paquetes. Pero si la reservó esperando pingüinos, no verá ninguno. Si va por los pingüinos, quiere esta.
A veces sí. El Canal Beagle es agua protegida comparado con mar abierto, pero en Ushuaia sopla en serio y la autoridad portuaria suspende las salidas cuando lo considera necesario. No es el operador siendo exagerado.
Si le suspenden la salida, se reprograma o se devuelve. El consejo práctico: no la reserve para la última tarde antes del vuelo. Déjese un día de colchón en Ushuaia y el problema desaparece.
Sí, y es de las mejores opciones para un grupo mezclado. No se baja del barco en ningún momento. Hay salón calefaccionado con butacas y ventanales grandes, cafetería y baños, y cubierta abierta para cuando quiere el viento y las fotos.
Seis horas es mucho para un niño muy pequeño, así que lleve con qué entretenerlo en la travesía. Si alguien del grupo tiene movilidad reducida, díganos al consultar y confirmamos cómo es el embarque en vez de suponerlo.
Chaqueta cortaviento, diga lo que diga el pronóstico, más gorro y guantes incluso en enero. Sobre el agua siempre hace más frío que en la ciudad, y el buen avistaje está en la cubierta abierta.
Además: lentes de sol y protector (el reflejo del agua es fuerte), batería de repuesto para la cámara porque el frío las vacía, y algo para el mareo si es propenso — el canal suele estar tranquilo, pero «suele» está trabajando bastante en esa frase.
Casi toda reseña decepcionada de una excursión de pingüinos en Ushuaia se explica por lo mismo, y no es mala fe de nadie: dos productos bastante distintos comparten una sola palabra clave. Hay una navegación que lo lleva hasta la colonia y se mantiene frente a la playa, y hay una caminata que pone a un puñado de personas sobre la isla. Salen de lugares distintos, cuestan distinto, y solo una de las dos está disponible para la mayoría.
La caminata es una concesión que una estancia privada le dio a una empresa, sobre una colonia reproductiva activa con un sector habilitado de unos 800 metros cuadrados. El cupo es pequeño a propósito, vuela con meses de anticipación en temporada alta, y sale desde Harberton, a noventa kilómetros de ripio de su hotel. Si la consiguió, tuvo suerte y vaya.
Y si no — que es lo que le pasa a casi todo el mundo — entonces es esta. Seis horas por el Canal Beagle saliendo del centro de Ushuaia, con lobos marinos, cormoranes y un faro de 1920 en el camino, y después más de diez mil pingüinos magallánicos sobre una lengua de grava en el extremo del continente, con cien papúa entre ellos que no tienen nada que hacer ahí y vinieron igual. Cuéntenos sus fechas y le decimos qué salida le conviene, y le vamos a ser francos sobre qué va a hacer y qué no.



Cotización gratuita en menos de 24 horas y sin compromiso. Cuéntenos sus fechas y cuántos viajan y le confirmamos disponibilidad, qué salida conviene según el resto de sus días en Ushuaia, y exactamente qué incluye y qué no.

Todo lo que armamos en el fin del mundo, de excursiones de medio día a paquetes completos con vuelos.
Ver todo Ushuaia →
El clásico de medio día: el ferrocarril de los presos de 1909 y el cartel donde se termina la Ruta 3.
Más información →
Dos o tres horas que combinan bien con una navegación de la mañana: la aerosilla y la vista al canal.
Más información →